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Sin embargo, ¿qué ocurre con los adultos en demasiadas organizaciones? Lo que me encuentro a menudo es a empleados instalados en la queja, mandos que no ven la salida y directivos que utilizan su poder para amedrentar y meter miedo a sus equipos como forma de no asumir responsabilidades o de echar balones fuera. El lenguaje víctima parte de una manera de pensar centrada en el otro, lo que los psicólogos llamamos el “locus de control externo”, es decir, la mayor parte de las cosas negativas que me ocurren han sido provocadas por otras personas, es decir, yo no he tenido ninguna responsabilidad sino que soy una víctima. Mi jefe, mis compañeros, mis clientes, son los causantes de que yo lo pase mal. Estos pensamientos generan en las personas un malestar interno que hacen que con frecuencia se encuentren en emociones negativas de ira, rabia, desasosiego, tristeza, melancolía, frustración, etc. Claramente desde estas emociones su rendimiento disminuye considerablemente, provocando conflictos con colegas y superiores. Como decía, el lenguaje víctima se alimenta de la queja y ésta nos hace vivir en el pasado, en aquellas experiencias que en su momento no salieron bien, que provocaron en nosotros un miedo a que se repitieran y que, por tanto, tratamos de evitar por todos los medios. Cuando usamos el lenguaje víctima estamos declarando que no somos responsables, que no podemos, que eso no es para nosotros o que nos sentimos incapaces de llevar a cabo lo que se nos ha pedido. Dicho de otro modo, este lenguaje inhabilita y además genera en los demás recelo y suspicacias sobre si es real o inventado, para aprovecharse de la situación. La persona que vive en este tipo de lenguaje ha creado el hábito de parecer desvalida, de necesitar siempre ayuda para resolver sus problemas y que en la mayor parte de las ocasiones van más allá de lo profesional. En este proceso, habrá encontrado un causante claro de sus “desgracias”, el perseguidor, y habrá hecho todo lo posible para buscar un salvador a quien acudir cada vez que se perciba atacada. “Hay alguien que quiere mi mal y, por tanto, necesito alguien que me salve”, son pensamientos recurrentes en este tipo de personas en las organizaciones. El lenguaje víctima se retroalimenta y se convierte en algo circular, un bucle en el que la persona entra y se ve reforzada por esos “salvadores” que siempre existen y que están ahí para solucionar sus problemas. El error claramente radica en que si yo necesito que otros solucionen mis problemas, el día que no los tenga cerca me sentiré solo y abandonado. A veces podemos pensar que dejarse ir y disfrutar de que otro soluciones nuestros problemas puede ser beneficioso, sin embargo, esa manera de actuar nos impide seguir evolucionando como seres humanos y entorpece el desarrollo de la persona que podemos llegar a ser. CÓMO LO HACEN LOS NIÑOS Los niños no se consideran víctimas, sienten y viven las cosas en primera persona, desde la necesidad de vivir la EL NIÑO SOLO UTILIZARÁ LA QUEJA COMO ARMA CUANDO VEA QUE FUNCIONA, QUE ÉSTA ES REFORZADA POR LOS ADULTOS Y QUE, POR TANTO, LE GENERA BENEFICIOS EN EL CORTO PLAZO. experiencia en sus propias carnes, como parte del camino de aprendizaje y desarrollo que han de hacer. El niño solo utilizará la queja como arma cuando vea que funciona, que ésta es reforzada por los adultos y que, por tanto, le genera beneficios en el corto plazo. El niño es apasionado con todo lo que hace, necesita divertirse, sentirse bien y disfrutar con aquello que está haciendo. El lenguaje víctima, como indicaba antes, le llevaría a emociones muy negativas, radicalmente opuestas a las que ellos buscan de forma natural. QUÉ NECESITAN LOS ADULTOS PARA ABANDONAR EL LENGUAJE VÍCTIMA Lo primero de todo hemos de sentirnos protagonistas de nuestra vida. Nosotros tenemos una capacidad única y es la capacidad para elegir cómo decidimos vivir. Esto nadie nos lo debe de quitar porque es personal e intransferible. Tomar decisiones con valentía y sin miedo. Cada una de las decisiones que tomamos nos llevarán a caminos por los que transitar en la vida. Si estas decisiones las toman otros por nosotros, los caminos que recorreremos y los lugares a los que llegaremos probablemente no nos satisfagan porque no habrán sido elegidos por nosotros. Atrevernos a hacer cosas nuevas, probar aquello que siempre quisimos hacer y que nos daba cierto reparo porque no nos creíamos capacitados o preparados para llevarlo a cabo. Todo maratón comienza con la primera zancada, después vendrán 42.195 zancadas más, pero dar la primera es la clave para poder alcanzar la meta. Saber que nosotros tenemos dentro los recursos que necesitamos para vivir. Que con esfuerzo y constancia podemos conseguir todo aquello que nos propongamos. No pensemos que son palabras vacías y busquemos todos los ejemplos de personas que por algún motivo no tuvieron la suerte que tuvimos nosotros y que, sin embargo, han sabido sobreponerse y, de la adversidad, crearon el ser poderoso en el que se han convertido. Internet está repleto de personas que podemos utilizar como modelos de lo que significa superarse y abandonar el lenguaje víctima para convertirlos en primeros actores de nuestra propia vida. Como conclusión me queda decir que desembarazarse de este lenguaje negativo depende única y exclusivamente de nosotros. Ser protagonistas o ser víctimas de las situaciones es algo que elegimos, tenemos el poder para hacerlo y cuando fuimos niños lo hicimos. No dejemos que la situación nos venza, por dura que pueda parecer; busquemos dentro de nosotros los recursos que tenemos y que nos harán mirar cara a cara a la adversidad sabiendo que podemos superarla porque ya lo hemos hecho en otras ocasiones. 7


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