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SÍNDROMES EJEMPLARES 103 nos asesoren desde la independencia y el conocimiento. Estos cambios tan importantes en la vida de una persona se suelen tomar sin haber utilizado el asesoramiento externo en el proceso. No valen miradas “contaminadas” internas de la empresa o asesores mediatizados por va-riables emocionales personales. Hay que buscar figuras que aporten desde su experiencia por sus puntos de vista diferentes y sin interés, estas son miradas “limpias” a una realidad de cambio. Propongo la figura de un coach no por reivindicar este rol sino por su visión de hacer preguntas, cuestionar y ayuda a que las personas reflexionen por sí mismas. Todos hemos tenido esos “maestros vitales” a los que le hemos pedido opinión en estos trances. La figura del confesor en la religión católica o la figura del juez de paz en mi querida Palencia son simplemente formas de expresar el ser un “coach” vital. Necesitamos asesoramiento desinteresado que te haga pensar en tu valoración de la experiencia anterior, en el cambio personal que vas a hacer y en la bondad de la apuesta del cambio. Hay que elegir las personas a las que les damos el crédito de ser importantes para noso-tros, que puedan influir por el respeto que le tenemos y que sabemos que no dejarán de decirnos las verdades del barquero. Es básico saber elegir tu coach en época de cambio y, ante todo, escoger gente que haya “vivido”, que tenga experiencia más allá de multitud de conoci-mientos, porque no estamos buscando quién te explique los porqués de tus cambios sino quien te cuestione y te anime en los cómos de tu cambio. No os obnubiléis por el que quiera ser tu maestro y sé tú quien elija a tus maestros. Yo siempre sigo a Platón cuando decía: “Los sabios hablan porque tienen algo que decir, los tontos, porque tienen que decir algo”. A veces un buen silencio de tu maestro frente a tu manifestación te genera más pensamientos que mil alocados consejos. Elige quien te influya pero no hagas el cambio sólo, porque tu mera preocupación puede llevarte a una visión incompleta de la bondad o maldad de tu cambio profesional. MALTRATAR TU DISONANCIA COGNITIVA Uno de los primero éxitos personales que me sirvió el haber estudiado Psicología fue el aprendizaje del concepto de disonancia cognitiva, lo cual me sirvió hasta para ligar. Yo me acuerdo en mi querida Palencia cuando le explicaba a aquella chica que estaba estudiando secretariado cómo funcionaba la disonancia cognitiva. Y, como estábamos en una cita, le decía que lo peor era que pensara que fue una mala elección quedar con-migo, porque entonces estaba cayendo en la terrible disonancia cognitiva y, por tanto, tenía que disfrutar de mi inmejorable compañía. Independientemente de la duración del encanto por la palabra, sí tengo que decir que la disonancia cognitiva sigue existiendo en todo ser humano que toma una decisión. Tomar una decisión te lleva al pensamiento fatídico del “y si yo…” que siempre acaba en la desazón de lo inútil. Pensar en qué habría pasado si hubiese tomado otra decisión es tan malo como la continua autojustificación de la bondad de tu elección. No hay elección buena o mala a priori sino una decisión que fruto de la capacidad de adaptación hemos hecho buena o mala. En esta actitud de lo que es bueno o malo que nos acontece tenemos mucho que decir quie-nes actuamos en esta feria. Ser el propietario de tu cambio personal y profesional es la principal aseveración de libertad profesional. No hay un destino predeterminado de éxito y/o fracaso profesional sino una laboriosa tenacidad en querer adaptarse a las nuevas situaciones. Esto no debe hacernos olvidar que nosotros no somos dueños de los cambios del entorno: empresas que fracasan, crisis económica en China, etc., pero que sí somos dueños de nuestras actitudes y actos frente a una adversidad que nos puede aconte-cer en el cambio del trabajo. Maltratar la disonancia cognitiva expresa que no debemos lamentarnos por decisiones pasadas (agua pasada no mueve molino), y tampoco caer en la autojustificación bíblica de porqué hemos hecho esto o aquello. Nuestra actuación es fruto de nuestra capacidad de adaptación y, a veces, buscarle una justificación surge más a posteriori que pensada a priori. Y, como dice un famoso fandango: “Todo el que dice “yo soy” es porque no tiene quien le diga “tú eres”, espera a que te digan que tú eres antes de meterte en multitud de pensamientos que rumian una justifi-cación del porqué lo he hecho. En fin, que hay que pensar y trabajar los cambios personales. Que el inmovilismo es un gran defecto social pero que el cambio como huida suele acarrear multitud de insatisfacción. Que hacer un “proceso” de cambio profesional requiere un ejercicio de claridad mental (valorar justamente tu última experiencia), una apuesta personal (tengo que cambiar yo como persona), un proceso de confiar en otras personas (apostar por personas que sean embajadores de tu nuevo ecosistema), tener un asesor externo (buscar un coach que te cuestione) y, por último, ser justo con tu decisión personal (maltratar la disonancia cognitiva). Mi experiencia de asesor me hace pensar que el tiempo que dedicamos a vender nuestro cambio como algo inevitable debemos dedicarlo a fundamentar lo que nos supone personalmente adaptarnos a la nueva situación. El trabajo en un cambio empieza por tu actitud personal a adaptarse a la nueva situación. Y para acabar, un aserto de sabiduría popular que me dijo un día mi abuelo palentino en una ocasión que deambulaba sólo en una fiesta popular: “No vivas para ser alguien conocido sino para ser alguien que valga la pena conocer”.


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